En diciembre de 2025, comenzaron una serie de huelgas en el Gran Bazar de Teherán, lo que llevó a manifestaciones en más de 30 provincias de Irán. Para controlar la situación, el gobierno iraní bloqueó internet el 8 de enero de 2026. Este apagón duró varios días, y el acceso restringido se reanudó solo el 23 del mismo mes. Durante esto, se comenzó a notar un aumento en la violencia estatal, y se reportaron miles de muertes.
Organizaciones de derechos humanos han informado sobre al menos 41,800 muertos, con un total que podría alcanzar hasta 50,000. Además, más de 400 ciudades han visto arrestos masivos en condiciones desfavorables. Esto ha ocasionado que muchas voces alineadas con el régimen de Irán intenten influir en la percepción de la situación desde afuera.
En momentos de bloqueos anteriores, como en noviembre de 2019, estuvo claro que el gobierno se enfocó en controlar la información y cómo se interpretaba. Aislados dentro del país, los iraníes han tenido dificultades para expresarse. Desde el exterior, defensores del régimen han intentado llenar este vacío, así como analistas que han sido acusados de promover narrativas favorables al gobierno.
Por ejemplo, Trita Parsi, un conocido defensor de los iraníes en Estados Unidos, ha enfrentado críticas por su trabajo, ya que algunos consideran que apoya de manera indirecta al régimen. En un debate reciente, dos intelectuales cercanos al régimen discutieron sobre la necesidad de un “lobby iraní” en EE. UU., mencionando a Parsi como parte de esta estructura.
Las narrativas que estos actores han promovido siguen un patrón común. En lugar de defender al régimen abiertamente, buscan sembrar dudas sobre evidencia de abusos y crímenes. Esto incluye cuestionar la autenticidad de videos, ignorar testimonios, y exigir pruebas imposibles. El objetivo no es convencer a la gente de una única narrativa, sino crear desconfianza en cualquier información en contra del estado.
Durante las protestas, el gobierno ha denominado a los manifestantes “alborotadores” y ha intentado presentar sus demandas como meramente económicas. Sin embargo, informes de las Naciones Unidas indican que las protestas están motivadas por años de represión. A pesar del peligro, los ciudadanos han arriesgado sus vidas al grabar y compartir videos de la violencia estatal. Cuando la magnitud de la brutalidad se volvió innegable, el régimen comenzó a culpar a fuerzas externas por estas acciones.
Los canales de comunicación y de información se vieron severamente limitados. Con el bloqueo de internet, solo las voces alineadas con el régimen tenían un acceso fácil a las plataformas internacionales, lo que permitió que sus narrativas dominaran el discurso público. Mientras tanto, muchos iraníes que están fuera del país y que desean compartir su perspectiva no han tenido la oportunidad de ser escuchados.
El apagón de internet en Irán no solo afectó la comunicación, sino que también permitió al régimen avanzar en el control de la narrativa. En este contexto, es fundamental cuestionar la fuente de la información y buscar diversas voces que representen la realidad en Irán, ya que la verdad a menudo se distorsiona cuando el poder decide quién habla.