¿Quién controla estas herramientas? ¿A quién sirven realmente? ¿Qué formas de existencia se sacrifican en este proceso?
Este artículo, parte de la serie Spotlight de abril de 2026 de Global Voices, examina las complejidades de la inteligencia artificial (IA) en contextos específicos. En lugar de limitarse a teorías éticas abstractas, me propongo explorar realidades tangibles en las que la IA, la automatización y la digitalización hacen su entrada en regiones concretas, impactando a comunidades, biomas y cuerpos. La investigación realizada junto a Joana Varon de Coding Rights, en el marco del Proyecto Tramas de la Coalición Feminista Decolonial por la Justicia Digital y Ambiental, ofrece una perspectiva que transforma la pregunta sobre la IA y los derechos humanos de una mera especulación a una cuestión urgente y localizada.
Al observar los desarrollos actuales en el agronegocio, resulta evidente que se ha forjado una narrativa distópica. La imagen tradicional de campesinos trabajando la tierra se ha desvanecido; en su lugar, aparece un agronegocio dominado por gigantes tecnológicos que operan vastos campos de monocultivo con un enfoque casi militarizado. Este paradigma no solo es inhumano, sino que se presenta como una simbiosis depredadora entre empresas tecnológicas y agrarias, resultando en un engranaje en el que el capital financiero reina supremo.
En este contexto, el discurso del sector tecnológico promueve la noción de "agricultura de precisión" como una panacea para las crisis ambientales provocadas por el propio monocultivo. Sin embargo, ¿qué papel juegan los derechos humanos en este paisaje? La narrativa predominante ignora los impactos devastadores que la digitalización trae consigo, tales como el desplazamiento violento de comunidades rurales y la pérdida de conocimientos tradicionales.
Ejemplos concretos en Brasil, como el caso de Gleba Tauá, ilustran cómo la tecnología y el acaparamiento de tierras, conocido como "grilagem", están intrínsecamente ligados. El uso de herramientas digitales para registrar propiedades propicia la despojamiento de comunidades históricamente arraigadas. Las tecnologías que deberían facilitar la gestión de tierras se convierten en instrumentos que perpetúan la injusticia, ocultando la deforestación y reduciendo la vida comunitaria a meros datos.
A esta problemática se le suma la violencia que se manifiesta en territorios como el Cerrado de Matopiba, donde las narrativas del agronegocio digitalizado afectan la vida cotidiana de las comunidades. La automatización y los abusos del poder corporativo se imponen sin consideración por los derechos humanos, transformando relaciones históricas con la tierra en datos abstractos y optimización del rendimiento agrícola.
La implementación de tecnologías de vigilancia, como drones, no solo añade un componente de intimidación, sino que también socava cualquier intento de estabilidad en las comunidades agroecológicas. La digitalización, con su promesa de eficiencia y control, se convierte en un arma de opresión al facilitar la desposesión.
El desafío que enfrentamos no es simplemente cómo adoptar la tecnología, sino cómo integrarla de tal manera que respete y garantice los derechos humanos. Abandonar la falacia de la neutralidad tecnológica es esencial; debemos cuestionar qué herramientas utilizamos y a quién benefician. Una IA que se alinea con principios éticos debe ser diseñada con transparencia y bajo un marco de gobernanza que priorice la justicia social y ambiental.
Es imperativo reconfigurar las infraestructuras tecnológicas para fomentar la participación comunitaria en el diseño y la implementación de soluciones que no solo protejan, sino que también promuevan la diversidad cultural y ecológica. La sostenibilidad no puede residir en soluciones impuestas por actores corporativos que desestiman las prácticas agrícolas tradicionales y regenerativas.
En un mundo donde la digitalización prevalece, es crucial que el desarrollo de la IA no se convierta en un instrumento de dominación. La obra de la escritora Ursula K. Le Guin recuerda que la tecnología debe ser un medio para el cuidado comunitario y la preservación del conocimiento colectivo. Si deseamos que la IA sirva al bienestar humano, debe orientarse hacia la cooperación y la justicia social. Solamente así podremos respirar vida en un futuro que, de no regularse, reformule la actividad humana como un mero proceso automatizado y despojado de significado.
En conclusión, la urgencia de un cambio de paradigma es evidente. Dejar atrás las narrativas distópicas que rodean el agronegocio digitalizado es fundamental para asegurar un futuro donde la tecnología y los derechos humanos coexistan en simbiosis, brindando un espacio propicio para todas las formas de vida sobre la Tierra.
Discussion questions
- ¿Qué implicaciones éticas ves en la relación entre la inteligencia artificial y las comunidades rurales, y cómo pueden abordarse?
- ¿Cómo afecta el concepto de 'agricultura de precisión' a la comprensión de los derechos humanos en el contexto del agronegocio?
- ¿En qué formas específicas crees que la digitalización ha transformado la vida cotidiana de las comunidades agroecológicas?
- ¿Cuál consideras que debería ser el papel de la comunidad en la integración de tecnologías en la agricultura para que sus derechos sean respetados?
- ¿De qué manera puede la tecnología ser utilizada para proteger la diversidad cultural y ecológica en lugar de amenazarlas?