En un clima político internacional volátil, las decisiones de financiamiento humanitario se ven cada vez más afectadas por giros en las políticas gubernamentales. Desde el año 2023, la cantidad de recursos destinados a la ayuda humanitaria ha ido en declive, un fenómeno acentuado por las decisiones tomadas en 2025, cuando Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump implementó recortes drásticos. Este cambio ha llevado a varios países de la Unión Europea a seguir el mismo patrón, reorientando sus fondos hacia crisis más cercanas, como el conflicto en Ucrania.
El recorte más significativo se produjo en 2025, cuando el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, anunció que se cancelaría el 83% de los programas de USAID, la agencia de desarrollo internacional de EE.UU. Esto marcó un punto de inflexión que tuvo repercusiones globales. Según el último informe del Servicio de Seguimiento Financiero (FTS), la financiación humanitaria mundial se desplomó de alrededor de 23.970 millones de euros a aproximadamente 7.340 millones de euros entre 2025 y 2026.
Actualmente, la UE y sus Estados miembros son responsables de más del 40% de la ayuda al desarrollo global, mientras que Estados Unidos representa el 28,3%. Suecia se destaca como el mayor donante entre los miembros de la UE, contribuyendo con un 9,9% del total mundial, seguida de Alemania, que aporta un 6,9%. Sin embargo, a finales del año pasado, Alemania anunció una reducción en su presupuesto de ayuda humanitaria a 10.060 millones de euros, lo que supone una drástica caída de 251 millones de euros respecto a 2025 y una disminución de casi el 20% desde 2023.
La organización VENRO, que agrupa a las ONG de desarrollo en Alemania, expresó su descontento por esta decisión, calificándola como ‘inaceptable’ en un momento de crisis creciente. Del mismo modo, Suecia decidió reducir en aproximadamente 930 millones de euros su financiación hacia países como Mozambique, Zimbabue, Liberia, Tanzania y Bolivia, desviando esos fondos para hacer frente a la crisis en Ucrania. La justificación presentada por la Oficina del Gobierno sueco menciona un enfoque en la 'rentabilidad y la innovación' como fundamentos de su estrategia de financiamiento.
Esta tendencia de recortes a la ayuda humanitaria no es un fenómeno aislado. De hecho, muchas organizaciones internacionales están enfrentando restricciones similares en sus presupuestos de desarrollo. Las tres entidades que recibirán la mayor parte de los recursos en 2026, entre ellas el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, el Programa Mundial de Alimentos y el Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia, durante este periodo también experimentarán una disminución de sus presupuestos comparado con el año anterior.
En términos de distribución de estos recursos, la atención se ha centrado en la sanidad y la seguridad alimentaria, áreas que requieren financiación urgente. Es notable que la mayor parte de la ayuda humanitaria proveniente de la UE se destina a Ucrania, con un total de 525 millones de euros. Sin embargo, las predicciones sugieren que esta dinámica podría cambiar cuando la UE comience las discusiones para el presupuesto 2028-2034, donde se espera un aumento del 75% en la partida dedicada al desarrollo, especialmente dirigida a Ucrania y a otros países en vías de adhesión.
Este panorama plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de la financiación humanitaria a nivel global. Con recortes permanentes y el reexamen de prioridades políticas, la seguridad alimentaria y la asistencia médica para las poblaciones vulnerables están en riesgo. En conclusión, los recortes en la ayuda humanitaria, impulsados en gran medida por elecciones políticas, subrayan la fragilidad de los compromisos globales en momentos de crisis. La espera por un cambio positivo en la orientación de las políticas es, por tanto, más apremiante que nunca.