En una gasolinera de Daca, el silencio impera tras el murmullo de los vehículos. Un considerable número de automovilistas aguarda pacientemente, sus rostros reflejan la ansiedad y el desasosiego que se apodera de la capital de Bangladesh. A raíz de racionamientos impuestos por el Gobierno, Rashid Ahmed, un motociclista repartidor de 42 años, se encuentra atrapado en una maratón sin fin de esperas. Su recorrido, que lo llevó a tres estaciones de servicio, se tradujo en frustración al descubrir que todos los suministros de combustible estaban agotados, dejando a su familia sin ingresos en un tiempo crítico.
El racionamiento comenzó a principios de marzo, fruto de una crisis energética que tiene sus raíces en un conflicto que se desata a miles de kilómetros, en el volátil golfo Pérsico. A medida que las tensiones entre Irán, Israel y Estados Unidos se intensificaron, Bangladesh se vio inmersa en una emergencia energética inmediata, a pesar de la distancia geográfica. Con una población de 175 millones de personas, el país depende casi por completo de las importaciones de energía, representando aproximadamente el 95% de su consumo total.
El estrecho de Ormuz, una clave arteria para el transporte de petróleo, se convirtió en un punto neurálgico de conflictos, limitando severamente el acceso a suministros de petróleo en el mercado mondial. En este contexto, las empresas de energía en Bangladesh se encontraron en una encrucijada devastadora. QatarEnergy, uno de los principales proveedores de gas natural licuado (GNL), cesó sus entregas, alegando fuerza mayor debido a ataques en la infraestructura energética. La súbita paralización de las entregas de GNL generó un aumento exponencial en los precios, reflejando la volatilidad del mercado energético global.
A medida que los costos del GNL se disparaban, los industriales comenzaron a expresar su alarma. Las fábricas de fertilizante y de producción textil enfrentaron una paralización sin precedentes, ya que el combustible escaseaba y los cortes eléctricos se volvieron comunes. La producción, que ya operaba a un 40-50% de su capacidad, ahora se hallaba amenazada, con predicciones de que se perderían millones en ingresos por exportaciones. Los líderes industriales describieron el impacto de esta crisis como una auténtica pesadilla.
Frente a este panorama sombrío, el Gobierno tomó decisiones drásticas. La anticipación de la celebración del Eid al-Fitr se utilizó como excusa para cerrar universidades y otros grandes consumidores de energía para contrarrestar el consumo eléctrico. La medida fue recibida con incertidumbre entre la población estudiantil, que teme por el impacto prolongado en su educación.
En un esfuerzo por lidiar con la crisis, se impuso un racionamiento adicional en las gasolineras, que redujo las ventas diarias en un 10%. Esto provocó el desasosiego entre los conductores, que luchaban por llenar sus tanques ante la escasez cada vez más alarmante. Las largas filas frente a las estaciones de servicio se convirtieron en una nueva normalidad, mientras los ciudadanos se apremiaban a llenar sus vehículos.
La crisis también ha provocado un aumento en los precios del gas de uso doméstico. Las familias han sentido el impacto de los precios, que se dispararon de 900 a 1,500 takas, un golpe severo a un colectivo que ya enfrenta la presión de la inflación. Aquellas con menos recursos se ven obligadas a hacer ajustes drásticos en su estilo de vida. Muchos han comenzado a racionar sus comidas, optando por combustibles tradicionales, como la madera.
La situación fiscal se vuelve insostenible a medida que el Gobierno se enfrenta a presiones sin precedentes. La compra de GNL al contado ha llevado a un endeudamiento alarmante, con estimaciones que sugieren que podría costar hasta 11,000 millones de dólares entre 2022 y 2024. Este enorme desembolso pone en jaque las reservas internacionales y limita las opciones del Gobierno para mantener subsidios vitales.
A pesar de las garantías del Ministro de Energía de que actualmente no hay falta de combustible, la preocupación sigue latente. Las predicciones son sombrías y la estrategia de espera parece ser la única salida viable en un mar de incertidumbre. Las decisiones tomadas en las próximas semanas determinarán la capacidad de Bangladesh para salir de esta crisis, la cual se ha ido convirtiendo en un problema estructural, sisifista y desgastador.
Discussion questions
- ¿Cómo crees que la dependencia de un país en las importaciones de energía puede afectar su estabilidad económica y social en tiempos de crisis?
- ¿Qué papel juegan los conflictos internacionales en la crisis energética de países que, como Bangladesh, no están directamente involucrados?
- ¿Qué alternativas podrían explorar los gobiernos para manejar la crisis energética y minimizar el impacto en la población más vulnerable?
- ¿Cómo pueden los estudiantes y las universidades adaptarse a situaciones como la actual, donde el acceso a la educación puede verse interrumpido por decisiones gubernamentales?
- ¿Qué medidas tomarías tú como individuo para afrontar una crisis similar en tu país? ¿Cuáles serían tus prioridades?